El fotógrafo es un creador solitario. Carga su instrumento y mira, elige de la realidad un pedazo, lo pone en el rectángulo, dispara. El pensamiento acompaña cada movimiento del dedo sobre el gatillo. El ojo interpreta la realidad, codifica, decodifica, construye, deconstruye, inventa. El ojo observa, investiga, busca en soledad el momento exacto, intuye, selecciona, imagina.

La soledad del fotógrafo se reitera en el momento de la edición, cuando ya concluidos los disparos, toca quedarse con las mejores imágenes. Es un proceso íntimo, personal, en el que intervienen los años de experiencia, la sensibilidad, la intuición, los libros mirados, las muestras que se recorrieron, los diálogos sobre otras imágenes que estuvieron sobre la mesa, el camino propio indicando el próximo paso: quedarse con una.

El diálogo visual entre dos creadores rompe el centro en el Yo del autor y plantea algo distinto. Lo que determina cada decisión no son sólo los ensayos, los proyectos personales, la elaboración de un discurso coherente con las obras anteriores y las próximas en la construcción de una identidad visual propia. La correspondencia no es un soliloquio, sino que se sostiene con un interlocutor, un otro que también mira, que también elige, que también fotografía, dibuja, piensa.

No la palabra, sino las imágenes como forma de comunicación. Su polisemia admite distintos cursos de acción posibles ante cada encrucijada. El diálogo visual no tiene diccionario. No remite a un diálogo anterior, ni se basa en una tradición sólida y estructurada, literaria. El diálogo visual muta, se sacude con rapidez, tiene un tiempo propio, y raíces en la cultura visual del que lo protagoniza.

La correspondencia pasa por momentos fluidos y de estancamiento, de comunicaciones inmediatas a otras lentas, postergadas. Sin perder el carácter lúdico, pasa por momentos difíciles. Hay duda, provocación, espontaneidad. Hay sorpresa, placer, frustración.

Si el autor se libera de su Yo creativo como principal referente y ensaya una construcción visual a dos manos, un modo de ver compartido, la fotografía y la creación de imágenes se acercan a la interpretación musical. El resultado es un dúo de imágenes sin partitura, improvisado. Una composición visual, una narrativa subjetiva, que invita a una interpretación abierta. Una poética que sugiere imágenes a un tercero, al que ve, para que se relacione con ellas a través de su propia mirada. Hay suma de tres, un número mucho más grande que uno.

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